DE LOS RECUERDOS A LA REFLEXIÓN: PENSANDO LA MINERIA
Hace un tiempo visité el campamento de Proyecto San Jorge, Cobre Mendocino, como arte de las visitas abiertas al público.
La experiencia despertó en mí recuerdos de la infancia que me
parece valioso compartir, porque de algún modo explican cómo pienso hoy.
Vengo de una familia de ingenieros, en las que palabras como petróleo, geología, yacimiento, tierra, napas,
minerales, formaban parte del lenguaje cotidiano. Muy pequeña aún,
di mis primeros pasos en San Julián, plena Patagonia despoblada, lejos de la
familia. Allí, el único entretenimiento en los escasos ratos libres era mirar
llegar y desde los aviones. El viento, el frío y lo extremo de la geografía, nos
hizo una familia “curtida” para afrontar el tipo de vida que llevan quienes se
dedican al trabajo de campo en las tareas del suelo y sus recursos. Es una vida
sumamente sacrificada, y en aquellos tiempos —1959— lo era aún más.
Luego pasó por La Habana, Cuba, durante los años 1961 y 1962. Las
condiciones de vida no fueron las prometidas para el grupo de familias
argentinas dedicadas a la actividad petrolera, con un régimen político nefasto
que comenzaba a someter a la población a sus caprichos y miserias, y todos
terminaron regresando al país, no sin dificultades. Después de un breve paso
por Mendoza, el destino nos llevó a Urundel, Salta. Vivíamos en una planta de
bombeo en medio de la selva, junto a cinco o seis familias, y a pocos
kilómetros de la Comisión Sismográfica a cargo de mi padre. Allí hice primer
grado, y recuerdo que a la salida de clases cruzábamos a comer caña de azúcar.
Más adelante, para que accediéramos a una mejor escuela, mi mamá conducía 60 km
de ida y 60 km de vuelta cada día, para estudiar en Orán.
Así era nuestra vida, hasta que finalmente pudimos regresar a
Mendoza, buscando una mejor educación ya que debía comenzar mi séptimo grado y
luego continuar estudiando.
Mi hermano siguió los pasos de mi padre, y hasta hoy se desempeña en
el mismo campo. Por eso sé bien que la vida familiar de quienes trabajan en
producción, geología o minería suele implicar largos períodos lejos del hogar,
viviendo en campamentos con condiciones básicas, en lugares de difícil acceso y
con los riesgos propios de la actividad.
Recuerdo también que en la secundaria me tocó preparar, en grupo, un
trabajo sobre los derivados del petróleo. Entrevistamos especialistas de los
que aprendimos mucho sobre los minerales, sus usos y aplicaciones. Ya en la
adultez, hace algunos años, me acerqué al arte y a la vitrofusión. Y otra vez
volví a encontrarme con los elementos de la tierra, con la composición del
vidrio, con su relación directa con los minerales.
Por todo esto, siempre me sentí naturalmente atraída por el mundo de
la minería y el petróleo. Entiendo que el desarrollo tecnológico y los avances
industriales no pueden prescindir de los minerales. Desde la época de las
cavernas, el ser humano los necesitaba para sobrevivir y evolucionar y hoy más
que nunca casi todo lo que conocemos, tiene componentes minerales.
Por eso, la antinomia “minería sí o minería no” pierde sentido. El
verdadero debate debe ser: ¿Cómo hacer que la minería
sea sustentable?
Y hacia ese punto es al que quiero aportar, con los elementos que tengo a mi
alcance.

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